Por: Alianza Alimentación con Propósito
Las enfermedades oncológicas representan un desafío para la salud masculina. El cáncer de próstata afecta aproximadamente a uno de cada ocho hombres a nivel mundial1, mientras que el riesgo de desarrollar cáncer gástrico es de 1 por cada 101 hombres, en comparación con 1 por cada 155 mujeres2, lo que hace que ambas patologías tengan un impacto significativo en la calidad de vida, el estado funcional y los desenlaces clínicos de los pacientes. En este escenario, la nutrición se ha consolidado como un componente esencial del abordaje integral en salud, ya que influye directamente en la evolución de la enfermedad, la tolerancia a los tratamientos y la recuperación.
La relevancia de la nutrición se hace aún más evidente si se considera que la malnutrición es una condición frecuente en pacientes con cáncer. Además de su alta prevalencia, se asocia con una menor respuesta a los tratamientos, un incremento de complicaciones y una reducción en la supervivencia. Incluso, se ha estimado que entre el 10 % y el 20 % de las muertes en pacientes con cáncer están relacionadas con esta condición.3
Por ello, la atención nutricional es importante en oncología, pues factores como la localización del tumor, los efectos de los tratamientos y el impacto de la enfermedad sobre el metabolismo pueden generar requerimientos específicos que deben abordarse de manera individualizada.
Necesidades nutricionales en pacientes con cáncer de próstata y cáncer gástrico
La nutrición es un factor clave en el manejo terapéutico de cualquier paciente oncológico. Sin embargo, es importante contemplar que las necesidades nutricionales pueden variar según el tipo de cáncer:
En el caso del cáncer de próstata, el principal reto suele estar relacionado con los cambios en la composición corporal. La pérdida de masa muscular, el exceso de peso o algunas alteraciones metabólicas asociadas a la enfermedad o a los tratamientos pueden afectar la calidad de vida y la capacidad del paciente para afrontar el proceso terapéutico4. En línea con esto, el acompañamiento en nutrición busca mantener un estado adecuado, favorecer la fuerza física y prevenir el deterioro general de la salud.
Por su parte, el cáncer gástrico representa uno de los escenarios de mayor riesgo nutricional dentro de la oncología. La enfermedad puede provocar una disminución de la ingesta de alimentos, alteraciones en la digestión y absorción de nutrientes, así como cambios metabólicos inducidos por el tumor. A esto se suman los efectos secundarios de los tratamientos, entre ellos náuseas, vómitos, pérdida del apetito y fatiga5, que pueden comprometer aún más el estado nutricional del paciente.
Asimismo, procedimientos quirúrgicos como la resección gástrica generan modificaciones anatómicas que aumentan el riesgo de pérdida de peso y de deficiencias nutricionales, lo que hace indispensable un seguimiento nutricional oportuno y continuo, acompañado de estrategias específicas que se integren dentro del manejo clínico.5
Valoración e intervención nutricional: un componente esencial del cuidado oncológico
La identificación temprana del riesgo nutricional es fundamental para prevenir complicaciones y favorecer una mejor respuesta al tratamiento. Por esta razón, las guías internacionales recomiendan incorporar la valoración nutricional desde el momento del diagnóstico y mantener un seguimiento continuo a lo largo de todas las etapas de la atención, mediante un enfoque multidisciplinario que permita responder oportunamente a las necesidades de cada paciente.6
Sin embargo, no siempre es posible satisfacer las necesidades nutricionales únicamente mediante la ingesta de alimentos convencionales o modificados. En este tipo de escenarios, los profesionales de la salud pueden considerar diferentes estrategias para complementar el manejo terapéutico. Entre ellas se encuentran los Alimentos con Propósitos Médicos Especiales (APMES), tecnologías diseñadas para suplir las necesidades nutricionales específicas de personas con determinadas condiciones de salud, que no pueden cubrirse mediante la dieta ordinaria o la ingesta de alimentos comunes.7
Finalmente, en un contexto en el que los resultados en salud dependen cada vez más de una atención centrada en el paciente, la nutrición debe ser reconocida como un componente estratégico. Su integración temprana y permanente en los procesos de cuidado contribuye a que las personas enfrenten el cáncer en mejores condiciones. Avanzar hacia modelos que incorporen la valoración y el manejo nutricional representa una oportunidad para fortalecer el tratamiento y promover mejores desenlaces.